Mano dura con “Barras Bravas”

lunes, 16 de noviembre de 2009
Estos grupos de jóvenes pandilleros deberían mantenerse al margen de su pasión por el fútbol sin causar daños a terceras personas, así éstos no generarán pánico, temor, e inclusive la muerte a los ciudadanos.

Lamentablemente el Estado Peruano no hace nada respecto a este tema, lo deja pasar como si nada hubiera pasado, haciéndose de la vista gorda a más de un millón de problemas que estos grupos aquejan a nuestra sociedad.

En el Perú, el fenómeno de la delincuencia juvenil crece incontrolablemente. Según cifras extraoficiales, en Lima hay más de 500 pandillas juveniles con cerca de 20.000 miembros. Se pueden clasificar en pandillas escolares, barras bravas o pandillas delictivas. El 14% de los limeños ha sido víctima de agresiones de pandillas en los últimos doce meses y el 93% considera que este problema es muy grave.

La mayoría de las pandillas juveniles son una respuesta social que busca reconocimiento e inclusión en sociedades donde las formas institucionales tradicionales (familia, escuela y trabajo) están en crisis o abierta descomposición. La adhesión incondicional al líder, la red de lealtades y el territorio delimitado manifiestan una desesperada voluntad de afirmar una identidad individual y/o social y filiarse con un espacio propio.

En la ciudad de Lima, los distritos con más pandillas son Comas, Villa María del Triunfo, San Juan de Lurigancho, El Agustino y el Callao. El perfil del pandillero típico remite a las cicatrices de la pobreza, la violencia familiar, la exclusión social, el desempleo y el consumo de drogas. A pesar de ello, el fenómeno no puede ser reducido a los típicos problemas de los barrios periféricos pobres; hoy, las pandillas ganan terreno entre las clases medias.

Debemos evitar estos terribles problemas antes de que sea demasiado tarde y no nos demos con la sorpresa que el día de mañana una de las víctimas por estos delincuentes sin conciencia hayan cometido un acto vandálico con algún ser cercano a nosotros.

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