Cuando los tambores suenan

lunes, 16 de noviembre de 2009

Personas llenas de “emoción” por su equipo favorito de fútbol desbordan violencia generando accidentes e inclusive, la muerte

Por Johana Gao Chung

Como lobos hambrientos de violencia, los vándalos lanzan gritos de venganza intentando desatar una “guerra” entre las barras bravas, para sembrar el caos y perpetrar asaltos callejeros y saqueos.

Son los mismos marginales filmados, fotografiados, conocidos y reconocidos mil veces durante los últimos cuatro años, pero que siempre salen libres bajo el argumento de “falta de pruebas” que les brinda un escudo protector a su salvajismo.
Aunque parezca increíble, los servicios de inteligencia de la Policía Nacional no han podido desbaratar a esta red de vándalos que actúa impunemente en la vía pública o que desatan violentas peleas callejeras en los pueblos jóvenes convertidos en tierra de nadie.

La violencia de las barras bravas es un fenómeno que alcanzó hasta a los países desarrollados que aplicaron duras sanciones para castigar a los “hooligans” en Inglaterra o los “cabeza rapadas” en Alemania.

Sin embargo, en nuestro país, las barras bravas siguen siendo sinónimo de violencia e impunidad debido a que estos fanáticos avezados, amparados en que son menores de edad, atacan a quien se cruza en su camino.
La “solución” de las autoridades policiales, municipales y deportivas, fue brindarles escolta, conducirlos en buses al estadio y hacerse de la vista gorda cuando los “angelitos” se peleaban o destrozaban autos y ventanales a pedrada limpia.

Es, pues, hora de abordar este gravísimo problema social en forma integral, con duras sanciones que abarquen desde el pandillero que desata la violencia hasta los que financian y apoyan a las barras bravas. Urge pronta solución antes que la pesadilla se expanda como un cáncer social de inimaginables consecuencias.

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